—¡Padre! exclamó don Melchor con voz rencorosa, no le tengo.

—Es verdad, repuso con asco el conde, porque V. le ha matado.

Don Melchor se estremeció, le cubrió el rostro palidez cadavérica, una sonrisa amarga le contrajo los delgados labios, y tendiendo una mirada venenosa sobre los que le rodeaban, profirió con voz atragantada:

—Acepto esta nueva injuria. ¡Paso! ¡Paso al parricida!

Todos retrocedieron con horror, siguiendo con mirada despavorida a aquel monstruo que en la apariencia se alejaba tranquilo y sosegado a campo atravieso.

—Ese hombre es un demonio, murmuró el mismo Cuéllar, santiguándose.

Gesto que fue piadosamente imitado por sus soldados.

Doña Dolores, levantada con todo cuidado por Domingo, fue colocada sobre el caballo del conde, y los jóvenes, escoltados por Cuéllar, regresaron al lado de don Andrés, cuyas heridas le habían curado los peones como Dios les diera a entender.

Éstos, por orden del conde, labraron unas angarillas con algunas ramas, las cubrieron con sus sarapes y luego colocaron en ellas al anciano, que continuaba desvanecido, y a su hija a un lado.

—Siento más que no pueda V. imaginar, dijo entonces Cuéllar dirigiéndose al conde, este desdichado acontecimiento, pues por más que este hombre sea español y por lo tanto enemigo de Méjico, el triste estado a que le veo reducido me inspira verdadera compasión.