—¡Le mataré! dijo el joven rugiendo como un tigre.

—¿Tanto es el odio que V. le lleva? preguntó don Jaime fijando una mirada singular en su interlocutor.

—La muerte misma no será parte a extinguirlo. La conducta de ese hombre es inexplicable. Dos días después de haber los juaristas entrado en Puebla, se presentó él de improviso, para desaparecer nuevamente dejando tras sí un largo reguero de sangre.

—Ya daremos con él; ¿quién es el segundo?

—¿Todavía no lo ha adivinado V.?

—Don Melchor ¿no es eso?

—El mismo.

—Está bien; ahora ya sé dónde hallar a doña Dolores; él es quien la robó.

—Es probable.

—¿Y el tercero?