—¿Partimos? preguntó Domingo con impaciencia.
—Pronto, estoy aguardando a Loick y a López.
—¿Loick está aquí?
—Él es quien me trajo la noticia de la toma de la hacienda.
—Yo le envié.
—Me lo dijo. Su caballo de V. está fatigado, de consiguiente va V. a dejarlo aquí para que cuiden de él; ya le proporcionaré otro.
—Como V. quiera.
—¿Usted ha oído pronunciar sin duda los nombres de los principales perseguidores de don Andrés?
—Tres son: el primero el primer secretario, el alma condenada del nuevo gobernador, don Antonio de Cacerbar.
—¡Estuvo V. de chiripa, por mi vida! dijo el aventurero con voz irónica: ése es el hombre a quien salvó V. tan filantrópicamente la existencia.