—He hecho cuanto pude para que me matasen, replicó Domingo con la mayor sencillez del mundo, pero no lo he logrado.

—¡Ah! yo la hallaré, repuso el aventurero. ¿Y qué hace el conde?

—Está desesperado; ayudado por León Carral, busca mientras yo me vine a verme con V.

—Ha obrado V. bien; por quien soy le juro que daré con ella. ¿Así pues el conde y León Carral se quedaron en Puebla?

—Únicamente León Carral; el conde se vio obligado a huir para librarse de las persecuciones de los juaristas y se refugió con sus criados en el rancho; todos los días, el más joven de ellos, a quien creo llaman Ibarru, va a la ciudad para ponerse de acuerdo con el mayordomo.

—Dígame V., ¿vino V. a mi encuentro por impulso propio?

—Sí, pero primeramente tomé consejo del conde; no quise obrar sin que me fuese conocido su parecer.

—Hizo V. santamente, repuso el aventurero; y volviéndose a doña María, añadió: hermana, prepare V. una habitación a propósito para doña Dolores.

—¿Va V. a conducirla aquí? profirieron las dos damas.

—Sí, o sucumbiré en la demanda, respondió don Jaime.