—¡Pues todavía son tortas y pan pintado!
—¿Cómo se entiende?
—Don Andrés fue sumariado, y como protestaba de su inocencia, pese a todos los esfuerzos de sus jueces para obligarle a acusarse a sí mismo, le aplicaron el tormento.
—¡El tormento! exclamaron los oyentes, con gesto de horror.
—Sí, respondió Domingo, aquel anciano herido, moribundo, fue suspendido por los pulgares y recibió el trato de cuerda por dos veces consecutivas. No obstante, sus verdugos no pudieron conseguir que confesase los crímenes que le imputaban y de que estaba inocente.
—¡Oh! esto traspasa los límites de lo creíble, exclamó don Jaime. El desventurado murió, es indudable.
—Todavía no, o a lo menos todavía no lo estaba cuando me salí de Puebla; ni siquiera le han condenado. A sus verdugos nada les apresura, y como pueden disponer del tiempo que se les antoje, se divierten jugando con su víctima.
—¿Y Dolores? preguntó doña Carmen, pobrecita ¡cuánto debe sufrir!
—Doña Dolores ha desaparecido; la robaron, respondió Domingo.
—¡Que desapareció! exclamó don Jaime con voz de trueno. ¡Y V. vive para decírmelo!