—Pocas palabras tengo que decir: los juaristas se han apoderado de Puebla; la ciudad se rindió a la primera intimación.

—¡Cobardes! exclamó el aventurero descargando un puñetazo en la mesa.

—¿No lo sabían Vds.? preguntó Domingo.

—No, respondió don Jaime, todavía la creía en poder de Miramón.

—Según su inveterada costumbre, continuó el joven, lo primero que hicieron los juaristas fue apoderarse de los extranjeros, sobre todo de los españoles, y exigirles rescate. De estos últimos, algunos fueron fusilados sumariamente. No siendo ya bastantes las prisiones, se ha echado mano de los conventos para encerrar a los prisioneros. Es espantoso el terror que reina en Puebla.

—Prosiga V., amigo mío, dijo don Jaime. ¿Qué ha sido de don Andrés?

—Probablemente ya sabe V. que el pobre está gravemente herido.

—Lo sé.

—Pocas esperanzas inspira su estado. El gobernador de la ciudad, a pesar de las representaciones de personajes notables y de los ruegos de toda la gente honrada, mandó prender a don Andrés como convicto de alta traición, y no obstante las lágrimas de doña Dolores y de todos sus amigos lo hizo trasladar a las mazmorras de la antigua inquisición. Luego saquearon y arrasaron la casa del infeliz.

—Pero, eso es espantoso; eso es barbarie pura.