—Lo sé, repuso don Jaime sonriendo, pero no permanezcamos aquí más tiempo; véngase usted, quiero presentarle a dos damas que desean conocerle.

—Señoras, dijo don Jaime entrando, permítanme Vds. que les presente al barón Carlos de Meriadec, agregado a la embajada francesa, uno de mis más queridos amigos de quienes he tenido ocasión de hablarlas. Mi estimado barón, tengo la honra de presentar a V. doña María, mi hermana, y doña Carmen, mi sobrina.

Aunque intencionalmente, como es de suponer, el aventurero se hubiese callado el apellido de las damas, el joven pareció no advertirlo y las saludó respetuosamente.

—Ahora, añadió de buen humor don Jaime, se encuentra V. aquí como en medio de su familia, barón; V. ya conoce nuestra hospitalidad española; si necesita V. algo, no tiene más que hablar; estamos a sus órdenes.

Todos tomaron asiento y luego que hubieron servido los refrescos se entabló entre nuestros personajes el siguiente diálogo:

—Puede V. hablar con toda franqueza, dijo don Jaime; estas señoras están al corriente de la horrorosa catástrofe del Arenal.

—Más horrorosa de lo que Vds. suponen, profirió Domingo; y pues Vds. se interesan por esa desventurada familia, temo con mis palabras aumentar su dolor y ser mensajero de malas nuevas.

—Estamos íntimamente relacionados con don Andrés de la Cruz y su hechicera hija, respondió doña María.

—Entonces, señora, le pido anticipadamente mil perdones, repuso el joven vacilando; no tengo sino asuntos tristes que comunicarla.

—¡Oh, hable V., hable V.!