—Veré, procuraré complacerlas a Vds., respondió don Jaime; sin embargo, no me atrevo a prometerles todavía cosa alguna. Cuento partir hoy mismo para Puebla, camino de la cual saldría ahora mismo si no aguardara la visita del barón de Meriadec.
—Ésta será la primera vez que le veré separarse de nosotras casi sin pesar, dijo suavemente doña María.
Don Jaime se sonrió.
En esto los tres interlocutores oyeron abrir la puerta de la calle y resonar los pasos de un caballo en el zaguán.
—Aquí está el barón, dijo el aventurero saliendo a recibir a su visitante.
En efecto, el recién llegado era Domingo.
Don Jaime tendió la mano al joven, y dirigiéndole una mirada significativa, le dijo en francés, lengua que las dos damas hablaban muy bien:
—Bienvenido sea V., mi querido barón; estaba aguardando a V. con impaciencia.
Domingo, que comprendió que hasta nueva orden debía conservar su incógnito, respondió:
—Siento en el alma haberle hecho aguardar a V., mi querido don Jaime; pero acabo de llegar a escape y nada nuevo le comunicaría si le dijese que el camino es largo.