—Ya les he dicho a Vds. que la hacienda del Arenal había sido asaltada por los guerrilleros, ¿no es eso?

—Sí, respondió doña María, palpitante de terror.

—¿Sabe V. quién mandaba a los juaristas y les servía de guía? don Melchor de la Cruz.

—¡Oh! exclamaron horrorizadas las dos mujeres.

—Luego, cuando en pos de un convenio don Andrés y su hija lograron la autorización para retirarse sanos y salvos a Puebla, un hombre les armó un lazo a no mucha distancia de la ciudad y les atacó traidoramente, y ese hombre era don Melchor.

—¡Es horrible! profirieron doña María y doña Carmen ocultando el rostro entre las manos y rompiendo en sollozos.

—Sí, es horrible, continuó don Jaime, tanto más cuanto don Melchor había calculado impasiblemente la muerte de su padre, cuanto por medio de un parricidio quería apoderarse de la fortuna de su hermana, fortuna a la cual no tiene derecho alguno y que el próximo casamiento de doña Dolores se la arrebataba por completo, o a lo menos él así lo creía.

—Ese hombre es un monstruo, dijo doña María.

La relación de don Jaime había aterrorizado a las dos damas, y con razón; su intimidad con la familia de la Cruz era grande; doña Dolores y doña Carmen se habían criado juntas, y aunque esta última tenía algunos años más que la primera, se querían como hermanas. Así es que la noticia de la desventura que de improviso vino a abrumar a la familia de don Andrés, las llenaba de dolor.

Doña María insistió calurosamente para que don Andrés y su hija fuesen conducidos a Méjico y pasasen a vivir en compañía de ella y de Carmen y así pudiesen recibir los cuidados y los consuelos de que tan necesitados estaban después de semejante desastre.