—Les recomiendo a Vds. que así lo hagan, profirió don Jaime.
—¡Pero doña Dolores no puede permanecer en Puebla! dijo doña Carmen.
—Tal es mi parecer, repuso el aventurero, y por eso cuento trasladarme allá.
—¿Por qué no viene ella aquí? preguntó la joven; estaría en seguro y su padre recibiría los cuidados que su estado exige.
—Es muy juicioso lo que V. dice, Carmen, replicó don Jaime; tal vez valdría más que pasase algún tiempo con Vds.; pensaré en ello; ante todo, empero, es preciso que yo vea a don Andrés para cerciorarme de si su estado consiente el viaje.
—Observo, mi querido hermano, dijo doña María, que nos habló V. de doña Dolores y de su padre, pero no de don Melchor.
Al oír estas palabras, el rostro de don Jaime adquirió de súbito una expresión sombría y se le contrajeron las facciones.
—¿Le ha sucedido acaso alguna desgracia? preguntó doña María.
—¡Ojalá Dios que así hubiese acontecido! respondió aquél entre triste y colérico; no hable usted nunca de semejante hombre, es un monstruo.
—Me llena V. de espanto, don Jaime.