—En Puebla, donde llegaron escoltados por algunos de sus peones mandados por León Carral.

—Es un criado fiel.

—Sí, pero dudo que de ir solo hubiese logrado salvar a sus amos; por fortuna don Andrés tenía hospedados en la hacienda a dos caballeros franceses, el conde del Saulay...

—¿El que debe casar con Dolores? preguntó Carmen con viveza.

—El mismo, y el barón Carlos de Meriadec, agregado a la embajada francesa. Parece que estos dos heroicos jóvenes hicieron prodigios de valor, y que gracias a ellos nuestros amigos se han librado de la horrible suerte que les esperaba.

—Bendígales Dios, profirió doña María; no les conozco, pero me intereso ya por ellos como si fuesen antiguos amigos.

—No tardará V. en conocerles, a lo menos a uno de ellos, dijo don Jaime.

—¡Ah! repuso con curiosidad la joven.

—Sí, de un momento a otro aguardo al barón de Meriadec.

—Le reservaremos la mejor acogida posible, dijo doña María.