En menos de veinticuatro horas habían recorrido, al través de caminos impracticables, los ciento veintiséis kilómetros que van de esta ciudad a Méjico.
A media legua escasa de la ciudad, en lugar de continuar avanzando en línea recta, a una señal del aventurero hicieron una conversión y se internaron en un sendero apenas perceptible que cruzaba un soto.
Por espacio de una hora don Jaime cabalgó a la cabeza de sus compañeros, y una vez llegados a un claro en medio del cual se hacía una enramada, aquél detuvo su caballo, se apeó y dijo:
—Hemos llegado; aquí es donde provisionalmente vamos a establecer nuestro cuartel general.
Domingo, López y Loick echaron también pie a tierra y empezaron a desensillar a sus caballos.
—Aguarden Vds., repuso el aventurero; Loick, vas a llegarte a tu rancho, donde en este momento se encuentran el conde del Saulay y sus criados, y les conduces aquí; tú, López, ve por provisiones.
—¿Vamos a aguardarles V. y yo bajo esta enramada? preguntó Domingo.
—No, porque yo me voy a Puebla.
—¿Y sí le conocen a V.?
El aventurero se sonrió.