Dichos caballos iban ensillados.

El aventurero y Domingo echaron pie a tierra: quitaron las alforjas y las pistolas, las colocaron en los arzones de los caballos de refresco y volvieron a montar.

Por segunda vez compareció el hombre del rancho, conduciendo otros dos caballos, y Loick y López se apearon a su vez e imitaron a don Jaime y a Domingo.

El mudo personaje cogió en un haz las cuatro bridas y se alejó tirando de los cuatro caballos.

—¡Adelante! gritó don Jaime.

La carrera empezó de nuevo silenciosa y veloz; y como la noche estaba sombría, los jinetes se deslizaban cual sombras.

Después de andar toda la noche, a las cinco de la mañana relevaron los caballos en un ruinoso rancho.

Aquellos hombres parecían de bronce, pues tras quince horas de vertiginosa carrera a caballo la fatiga no había hecho mella en ellos.

Durante tan largo trayecto, ninguno de los viajeros había pronunciado palabra.

A eso de las diez de la mañana, don Jaime y los suyos vieron brillar, a los deslumbradores rayos del sol, las cúpulas de Puebla.