—Pasa por tal, respondió don Jaime, mirando fijamente a su hermana.
—¡Qué locura la mía! murmuró la dama soltando el brazo de su hermano y dando un suspiro.
El aventurero se sonrió sin responder.
Poco después resonaron en la calle los cascos de los cuatro caballos lanzados a escape.
[II]
LA SORPRESA
De esta suerte y sin cruzar una palabra galoparon hasta la puesta de sol, en cuya hora llegaron a un rancho ruinoso colocado como un centinela a orillas del camino.
El aventurero hizo un gesto, y los jinetes detuvieron a sus cabalgaduras.
Un hombre salió del rancho, y después de mirar silenciosamente a los recién llegados, entró nuevamente en aquél, hasta que algunos minutos después reapareció por la parte posterior del edificio, conduciendo dos caballos de las bridas.