Una vez hubieron quitado la piedra, quedaron al descubierto dos groseros escalones tallados en la peña.

—Bajemos, dijo el aventurero, después de encender una lámpara.

Domingo tendió una mirada de curiosidad en torno de sí; el sitio donde se encontraba, situado siete u ocho metros debajo del suelo, formaba una especie de sala octagonal bastante capaz a la que afluían cuatro galerías, que conducían a puntos distintos y parecían penetrar en las entrañas de la tierra.

Dicha sala estaba abundantemente provista de armas de todas clases; se veían en ella arneses, equipos, una cama de hojarasca con su manta y hasta una anaquelería con libros suspendida de la pared.

—Ésta es una de mis guaridas, dijo sonriendo el aventurero, y como ésta poseo muchas desparramadas por todo el territorio mejicano. Esta cueva data del tiempo de los aztecas y su existencia me la reveló hace ya muchos años un indio anciano; ya sabe V. que la provincia en que nos encontramos era antiguamente el territorio sagrado de la religión mejicana; de consiguiente en él pululan los templos. Las cuevas, de las que existían gran número, servían a los sacerdotes para trasladarse de uno a otro sitio sin ser descubiertos y dar de esta suerte más valor a los milagros de ubicuidad que ellos pretendían obrar. Más adelante sirvieron de refugio a los indios perseguidos por los conquistadores españoles. Ésta, que por un lado afluye a la pirámide de Cholula y por el otro al centro de la misma ciudad de Puebla, sin mentar otras salidas, fue muchas veces de gran provecho para los insurgentes mejicanos durante la guerra de la independencia. Hoy su existencia es ignorada; V. y yo somos los únicos que en la actualidad la conocemos.

—Dispense V., dijo el vaquero, que había escuchado con el más vivo interés este relato, hay una cosa que no acabo de comprender.

—¿Cuál?

—Hace poco me dijo V. que si por acaso venía alguien, al punto lo sabríamos.

—Efectivamente se lo dije a V.

—No comprendo absolutamente como puede ser eso.