—Es muy sencillo; ¿ve V. esa galería?

—Sí.

—Pues por una especie de abertura de un metro cuadrado poco más o menos, cubierta de malezas e imposible de descubrir, afluye exactamente a la entrada del sendero, único punto por el cual es posible penetrar en el bosque; ahora bien, por un singular efecto de acústica de que no acertaría a dar la explicación, todos los ruidos, sean cuales fueren, aun los más insignificantes, que se producen cerca de dicha abertura, son inmediatamente repercutidos aquí con claridad tal, que con gran facilidad puede conocerse de qué proceden.

—Entonces nada temo ya, repuso Domingo.

—Por otra parte, una vez hayan llegado las personas a quienes estamos aguardando, taparemos la mencionada abertura, que nos será inútil, y entraremos y saldremos por otra galería que se abre a espaldas de V.

Y mientras daba estas explicaciones a su amigo, el aventurero se había quitado algunas prendas de su traje.

—¿Qué hace V.? preguntó Domingo.

—Me disfrazo para ir a informarme y saber en qué punto se encuentran nuestros asuntos en Puebla. Los habitantes de esta ciudad son muy religiosos; en ella abundan los conventos, y me pongo estos hábitos de camaldulense, a favor de los cuales podré librarme a mis comisiones sin temor de que sospechen de mí.

El vaquero se había sentado sobre las pieles, y con la espalda apoyada en la pared estaba meditando.

—¿Qué tiene V.? le preguntó don Jaime, parece que le preocupa y le entristece algo.