—En efecto, estoy triste, respondió el joven, estremeciéndose cual si de improviso le hubiese mordido una víbora.

—¿No le he dicho a V. ya que daríamos de nuevo con doña Dolores?

—Señor, repuso Domingo, estremeciéndose otra vez, poniéndose lívido y levantándose con la cabeza caída sobre el pecho, desprécieme usted, soy un infame.

—¡Un infame! ¡V. un infame! ¡Bah! V. ha mentido.

—No, señor, he dicho la verdad; falté a mis deberes, traicioné a mi amigo, olvidé cuanto V. me recomendó, dijo Domingo. Y luego, dando un gran suspiro, añadió con voz apenas perceptible; amo a la prometida del conde.

El aventurero fijó con expresión indefinible su límpida mirada en el joven, y dijo:

—Ya lo sabía.

—¡Que lo sabia V.! exclamó Domingo estremeciéndose e irguiéndose a la vez como impulsado por poderoso resorte.

—Sí, repuso don Jaime.

—¿Y no me desprecia V.?