—¿Por qué? ¿acaso somos dueños de nuestro corazón?
—¡Pero es la prometida del conde, de mi amigo!
—Dolores le ama a V., profirió el aventurero, haciendo caso omiso de la exclamación del joven.
—¡Oh! profirió éste, ¿y cómo sabré yo si ella me ama, cuando apenas me atreví a confesarme a mí mismo la pasión que yo siento?
Hubo una larga pausa de silencio. Por fin don Jaime, que mientras iba vistiéndose los hábitos de fraile miraba con el rabillo del ojo a su interlocutor, dijo con voz natural:
—El conde no ama a doña Dolores.
—¿Qué dice V.? exclamó el joven con ardoroso arranque.
—He aquí lo que son los enamorados, profirió don Jaime riendo, no comprenden que los demás tengan también ojos para ver.
—Pero el conde debe casar con ella, repuso el joven.
—Debe, replicó el aventurero recalcando con intención la palabra.