—¡Oh! como pudiese yo persuadirme de semejante supuesto, esperaría.

—Es V. un niño, repuso el aventurero. Ahora parto; aguárdeme V. aquí; pero antes de irme júreme que no se alejará en tanto no esté yo de regreso.

—Se lo juro a V.

—Bien, voy a trabajar para V.; espere; hasta luego.

Y haciendo a Domingo una última señal de despedida con la mano, el aventurero se alejó por una galería lateral.

El joven permaneció inmóvil e imaginativo mientras oyó el ruido de los pasos de su amigo que se alejaba; luego se dejó caer en el lecho de pieles, y murmuró con voz apagada:

—Me dijo que esperara.

Ahora vamos a dejar a Domingo sumergido en reflexiones que, a juzgar por la expresión del rostro del joven, debían ser agradables, y seguiremos a don Jaime en su arriesgada expedición.

El subterráneo estaba situado a una media legua de la ciudad; por lo tanto ésta era la distancia que don Jaime tenía que recorrer bajo tierra para encontrarse en Puebla. Sin embargo, lo largo del trayecto no parecía inquietarle lo más mínimo; seguía a buen andar por la galería, en la que por intersticios invisibles penetraba luz suficiente para que con facilidad pudiese guiarse en medio de los innumerables rodeos que se veía obligado a dar. De esta suerte don Jaime caminó por espacio de tres cuartos de hora, al cabo de los cuales llegó al pie de una escalera compuesta de unos quince peldaños, por la que empezó a subir después de haberse detenido por un instante para recobrar el aliento. Una vez arriba, buscó un resorte, con él que dio casi inmediatamente, apoyó con fuerza los dedos en él, y al punto una enorme piedra se destacó de la pared, giró sobre invisibles goznes y abrió ancho paso. Don Jaime atravesó la abertura, empujó la piedra, que recobró instantáneamente su primitiva posición, y paseó en torno de sí una escrutadora mirada: estaba solo. El sitio donde se encontraba era una capilla de la mismísima catedral de Puebla; la puerta secreta que había librado paso el aventurero, se abría en uno de los ángulos de aquélla y estaba oculta por un confesionario. Las precauciones estaban bien tomadas; no se corría riesgo alguno de ser descubierto.

Don Jaime se salió de la iglesia y se encontró en la plaza Mayor, que, por ser las doce del mediodía, hora de la siesta, se hallaba casi solitaria.