[III]

LOS PRISIONEROS

Reinaron algunos instantes de silencio amenazador. Aquellos dos hombres, de pie uno en frente de otro, se medían con la mirada.

—¡Ja, ja, ja! profirió don Melchor de la Cruz interrumpiendo el silencio, echándose a reír de un modo estridente y dejándose caer de nuevo sobre el borde de la hamaca; mire V. si me equivocaba, señor, al decirle que se había V. introducido en mi casa para asesinarme.

—Pues no, repuso el aventurero con voz vibrante, después de esconder los revólveres y de morderse los labios con despecho; se lo repito a V., no le mataré, no es V. digno de morir a manos de un hombre honrado; pero le obligaré a que me diga la verdad.

—Pruébelo V., profirió el joven mirando con expresión singular a su interlocutor y encogiendo los hombros con desdén.

Luego se puso a liar un cigarrito de paja de maíz, lo encendió, y lanzando hacia el techo una bocanada de azulado y odorífero humo, añadió:

—Le escucho a V.

—Pues vea lo que le propongo: es V. mi prisionero y no le devolveré la libertad sino a condición de que ponga a doña Dolores, no en mis manos, sino en las del conde del Saulay, con quien debe casar inmediatamente.

—¡Jum! mucho me exige V., querido señor, replicó el joven; observe V. que yo soy el tutor legal de mi hermana.