—¡Cómo su tutor!
—Sí, puesto que nuestro padre ha fallecido.
—¡Qué! ¿don Andrés de la Cruz muerto? exclamó el aventurero levantándose de un brinco.
—¡Ay! sí, respondió hipócritamente el joven levantando los ojos al cielo; hemos tenido el dolor de perderlo anteanoche, y ayer por la mañana le enterraron; el pobre anciano no pudo resistir el cúmulo de desventuras que anonadaron a nuestra familia, el dolor le quebrantó. Su muerte fue conmovedora.
Hubo un momento de silencio, durante el cual Oliverio se paseó por el aposento.
—Sin ambages ni rodeos, dijo prontamente éste deteniéndose delante del joven, ¿quiere V., o no, devolver la libertad a doña Dolores?
—No, respondió resueltamente don Melchor.
—Está bien, repuso con calma el aventurero; peor para V.
En esto se abrió la puerta y un joven de presencia distinguida y de porte elegante entró en el aposento.
—Los acontecimientos podrían tomar un sesgo muy distinto de lo que supone don Adolfo, dijo entre sí don Melchor sonriendo socarronamente al ver al recién llegado.