El cual saludó cortésmente al dueño de la casa, a quien preguntó después de cambiar con él un apretón de manos y de haber dirigido una mirada indiferente al fingido fraile:
—¿Incómodo?
—Al contrario, mi querido don Diego, no podía V. llegar más oportunamente, respondió don Melchor; ¿pero a qué debo el verle a V. a hora tan insólita?
—Vengo a comunicarle a V. una buena noticia. El conde del Saulay, su enemigo personal, está en poder nuestro; pero como es francés y debemos guardar para con él algunas consideraciones, el general ha resuelto enviarle, bajo la vigilancia de una buena escolta, a nuestro ilustrísimo presidente. Otra noticia agradable, V. es el encargado de mandar la escolta esa.
—¡Demonios! exclamó con alborozo don Melchor, es V. lo que se llama un verdadero amigo. Pero ahora me toca a mí: fíjese V. bien en este fraile, ¿le conoce V.? ¿no? Pues este hombre no es otro que el aventurero llamado don Adolfo, don Oliverio, don Jaime y qué sé yo cuántos nombres más, y a quien hace tanto tiempo persiguen en vano.
—¿Es posible? exclamó don Diego.
—Tal como dijo el señor, repuso entonces don Adolfo.
—Antes de una hora, profirió él de la Cruz, será V. fusilado por traidor y bandido.
Don Adolfo encogió con desdén los hombros.
—Es evidente, observó don Diego, que este hombre será fusilado; pero como pretende que es francés, sólo al presidente corresponde decidir de su suerte.