—¡Ah! profirió don Melchor, ¿así pues todos esos demonios pertenecen a esa nación maldita?

—No sé, dijo don Diego; pero lo que sí puedo asegurar a V. es que el hombre ese es duro de pelar, y como tal vez se vería V. en apuros para llevarle a buen recaudo, le mandaré al presidente bajo la vigilancia de una escolta especial.

—Al contrario, repuso don Melchor, si quiere usted darme gusto, tengo empeño en conducirle yo; nada tema, mi amigo don Diego, tomaré tales precauciones, que por muy astuto que sea no se me escapará; lo único que hay que hacer es desarmarle.

El aventurero entregó silenciosamente las armas a don Diego.

En esto entró un criado y anunció que la escolta estaba aguardando en la calle.

—Está bien, dijo don Melchor; en marcha.

El criado entregó un machete, un par de pistolas y un sarape a su amo y le enhebilló las espuelas.

—Ahora podemos partir, dijo él de la Cruz.

—Vamos, profirió don Diego; y volviéndose al aventurero, añadió: don Adolfo o como se llame, pase V. adelante.

El aventurero obedeció sin replicar.