Veinticinco soldados vestidos podríamos decir caprichosamente y casi todos ellos harapientos, estaban, efectivamente, aguardando en la calle e iban bien montados y bien armados. En medio del escuadrón y rigurosamente vigilados, iban el conde del Saulay y sus criados.

Al ver al conde, a don Melchor se le iluminó el semblante; en cuanto a aquél, no se dignó siquiera aparentar que había notado la presencia del hermano de su prometida.

A una señal de don Diego, don Adolfo se subió sobre un caballo que al efecto para él habían preparado, y fue a colocarse a la derecha del conde, con quien cambió un apretón de manos.

—Ahora, amigo don Melchor, dijo don Diego al joven, que a su vez también había montado, buen viaje; yo me vuelvo al gobierno.

—Adiós, contestó don Melchor.

La escolta se puso en marcha.

Eran poco más o menos las dos de la tarde, y como habían ya menguado los grandes calores del día, las tiendas empezaban a abrirse, y los tenderos, de pie en el umbral de sus puertas, miraban, bostezando, pasar los soldados. Don Melchor iba algunos pasos delante del escuadrón; y aunque su postura era fría y comedida, se conocía que hacía esfuerzos para dominar el gozo que experimentaba al verse por fin dueño de sus implacables enemigos.

Tiempo hacía que habían salido de la ciudad la escolta y los prisioneros, cuando el teniente que mandaba la escolta se acercó a don Melchor y le dijo:

—Los soldados están rendidos de fatiga; de consiguiente bueno sería que pensásemos en acampar con objeto de pasar la noche.

—Acampemos, contestó el joven, con tal que sea en sitio seguro.