—No lejos de aquí, repuso el teniente, conozco un rancho abandonado donde nos encontraremos a las mil maravillas.
—Pues vamos allá.
El teniente tomó la dirección de los soldados, los cuales no tardaron en internarse en un sendero apenas abierto al través de un bosque sumamente frondoso, y al cabo de unos tres cuartos de hora llegaron a un extenso claro en cuyo centro se elevaba el rancho de que aquél hablara.
A una orden del teniente, los soldados se apearon más que de prisa; tantos deseos tenían, al parecer, de descansar de sus fatigas.
Don Melchor echó también pie a tierra y penetró en el rancho para informarse del estado en que éste se encontraba; pero apenas hubo dado un paso en el interior del mismo, cuando prontamente se sintió sujetado, envuelto en un sarape, agarrotado y amordazado, sin que le hubiesen dado tiempo de ensayar una defensa inútil. Al cabo de algunos minutos oyó choque de sables y un ruido cadencioso fuera del rancho: los soldados, o a lo menos parte de ellos, se alejaban sin ocuparse más en él. Luego y casi al punto le cogieron por los pies y por los sobacos, le levantaron y se lo llevaron, y después de avanzar algunos pasos con rapidez, le pareció que le hacían bajar por una escalera subterránea, hasta que al cabo de diez minutos le colocaron cuidadosamente en una blanda cama de pieles, a lo que él supuso, donde le dejaron sólo y en medio del más absoluto silencio.
Por fin se oyó un ligero ruido, que fue aumentando gradualmente, ruido al parecer producido por el andar de muchas personas sobre arena.
De improviso todo quedó de nuevo en el mayor silencio. El joven sintió como le levantaban de nuevo y se lo llevaban, en cuya ocupación emplearon sus raptores un espacio de tiempo bastante largo y se relevaron de trecho en trecho, hasta que de nuevo se detuvieron y le depositaron en el suelo. Entonces el prisionero conjeturó, por el aire más fresco y vivo que le hería el rostro, que había salido del subterráneo y se encontraba al raso.
—Desaten Vds. al prisionero, dijo entonces una voz cuyo timbre seco y metálico llamó la atención del joven.
Al punto libraron a éste de las ataduras, de la mordaza y de la venda que le cubría los ojos.
Don Melchor se puso en pie de un salto y miró en torno de sí.