El enmascarado lanzó, al través de los agujeros de su carátula, una mirada abrasadora al joven, y con voz acre y clara profirió estas palabras:
—Don Melchor, no comparece V. ante este tribunal supremo como parricida, ni como fratricida, ni como ladrón, sino como traidor a la patria; le requiero pues para que se defienda.
—No me da la gana, respondió el joven en voz alta y firme.
—Enhorabuena, repuso fríamente el enmascarado; y clavando su antorcha en el suelo y volviéndose hacia los circunstantes, preguntó:
—Hermanos ¿qué castigo merece este hombre?
—La muerte, respondieron con voz sorda los demás enmascarados.
Don Melchor permaneció impasible.
—Está V. condenado a morir, profirió él que hasta entonces había hecho uso de la palabra, y la sentencia será ejecutada en este mismo sitio; tiene V. media hora para ponerse bien con Dios.
—¿Cómo moriré? preguntó con indolencia el joven.
—Ahorcado.