—Tanto da acabar así que asá, dijo don Melchor con irónica sonrisa.

—Y como no nos consideramos en derecho de matar el alma junto con el cuerpo, prosiguió el enmascarado, a no tardar vendrá un sacerdote para que le ayude a V. a bien morir.

—Gracias, profirió lacónicamente el joven.

El enmascarado permaneció inmóvil por espacio de algunos segundos como si hubiese aguardado que don Melchor le dirigiese otra petición; pero al ver que éste seguía encerrado en su silencio, tomó de nuevo su antorcha, se hizo atrás dos pasos, la agitó por tres veces distintas, y luego la apagó con el pie. Todas las demás antorchas se apagaron al mismo instante; se oyó un ligero crujido de hojarasca, y don Melchor se encontró a solas. Sin embargo, el joven no se engañó respecto a esta apariencia de soledad; comprendió que, aunque invisibles, sus enemigos no le perdían de vista.

Por muy templada que tenga el alma, por mucha que sea su energía, por más que una y otra vez haya desafiado a la muerte, el hombre, a los veinte años, es decir, cuando apenas ha puesto la planta en el umbral de la existencia y lo por venir le sonríe al través del prisma embriagador de la juventud, no puede hacer abstracción completa y real de sí mismo y pasar sin transición alguna del ser al no ser, sin experimentar un enervamiento general y súbito de todas las facultades intelectuales y sufrir una angustia horrible y un estremecimiento de músculos espantoso, sobre todo cuando la muerte que viene a arrebatarle lleno de fuerza, de sabia y de juventud, se la dan impasiblemente, de noche, a escondidas por decirlo así y tiene un sello de infamia indecible. Así es que pese a su valor y a su voluntad, don Melchor sufría una espantosa agonía; en la raíz de cada uno de sus cabellos, erizados por el terror, temblaba una gota de sudor frío, tenía horrorosamente contraídas las facciones y le cubría el semblante una palidez lívida y terrosa.

En esto le dieron un golpecito en el hombro, que le hizo estremecer cual si hubiera recibido una descarga eléctrica, y levantando la frente, vio ante sí a un fraile con el capuchón derribado sobre el rostro.

—¡Ah! murmuró el joven poniéndose en pie, ahí está el sacerdote.

—Sí, dijo el fraile en voz baja pero perfectamente perceptible; arrodíllese V., hijo mío, vengo para recibir su confesión.

Don Melchor se estremeció al timbre de aquella voz para él no desconocida, y fijó una mirada ardiente e interrogadora en el fraile, que permanecía inmóvil ante él.

Éste se arrodilló haciéndole seña de que le imitase, y el joven obedeció automáticamente.