Así arrodillados aquellos dos hombres en la desierta cúspide de una colina iluminada apenas por la débil y temblorosa luz de las linternas que no servían sino para hacer más profunda la oscuridad que les envolvía, ofrecían un espectáculo singular y conmovedor.
—Nos están observando, dijo el fraile; imponga V. la impasibilidad a sus facciones y la inmovilidad a sus nervios, y escúcheme, pues no tenemos instante que perder; ¿me conoce usted?
—Sí, murmuró casi imperceptiblemente don Melchor, que sintiendo que tenía un amigo a su lado, recobraba a pesar suyo la esperanza, sentimiento último que se extingue en el corazón del hombre; es V. don Antonio de Cacerbar.
—Disfrazado con estos hábitos, repuso don Antonio, estaba a punto de entrar en Puebla, cuando prontamente me vi rodeado de algunos hombres enmascarados que me preguntaron si era sacerdote, y a mi respuesta afirmativa, dada a todo evento, a fin de no romper un incógnito que es mi única salvaguardia contra mis enemigos, dichos hombres me condujeron aquí. Estremecido de terror por mí por si esos hombres de quienes escapé una vez milagrosamente me conocían, asistí a su condena de V.; pero sobrevenga lo que sobreviniera, he resuelto compartir su suerte.
—¿Trae V. armas?
—No, pero ¿de qué me servirían contra un número tan considerable de enemigos?
—Para hacerse V. matar bravamente en lugar de ser ignominiosamente ahorcado.
—Tiene V. razón, exclamó el joven.
—Silencio, desventurado, profirió don Antonio con viveza; tome V. este revólver de seis tiros y este puñal; yo me reservo para mí igual número de armas.
—Ahora ya no les temo, dijo don Melchor estrechando las armas contra su pecho.