—Así quería verle a V., repuso Cacerbar; los caballos aguardan ensillados allí, al pie de la colina, a la derecha; si conseguimos llegar a ellos, estamos salvados.

—Suceda lo que quiera, le doy a V. las gracias, don Antonio, dijo el joven; y si Dios permite que escapemos...

—Nada me prometa V., interrumpió Cacerbar; ya tendremos ocasión de saldar nuestras cuentas más adelante.

El fraile dio la absolución al penitente, y transcurridos algunos minutos este último se levantó con ademán altivo y tranquilo. Es que estaba seguro de no morir sin vengarse.

De improviso reaparecieron los enmascarados y de nuevo coronaron la cumbre de la colina. Él que hasta entonces había hecho uso de la palabra, se acercó al condenado, aliado de quien se había colocado don Antonio para exhortarle en sus últimos momentos.

—¿Está V. preparado? preguntó a don Melchor el desconocido.

—Sí, respondió fríamente el joven.

—Levanten Vds. la horca y enciendan las antorchas, ordenó él de la carátula.

Entonces hubo un instante de desorden entre los que obedecían a los mandatos del desconocido.

Los iniciados estaban tan convencidos de que toda fuga le era imposible al condenado, y por otra parte era tan poco probable que éste intentase evadirse de su suerte, que por espacio de algunos minutos descuidaron su vigilancia; descuido del que don Melchor y su amigo se aprovecharon.