—Ea, exclamó Cacerbar, derribando al hombre colocado más cerca de él, sígame V.

—Adelante, profirió osadamente don Melchor armando su revólver y empuñando su puñal.

Y precipitándose ambos y con la cabeza baja en medio de los iniciados, descargaron furiosamente sus armas a derecha y a izquierda y consiguieron abrirse paso.

Como todas las acciones desesperadas, la llevada a cabo por aquellos dos hombres se vio coronada de éxito a causa de su insensatez misma; hubo una refriega espantosa, una lucha gigantesca de algunos minutos entre los iniciados sorprendidos de sopetón y los dos hombres resueltos a escapar o a morir con las armas en la mano: luego se oyó un galope furioso de caballos, y una voz burlona que a lo lejos gritaba:

—¡Hasta la vista!

Don Melchor y don Antonio corrían a escape camino de Puebla.

Toda esperanza de alcanzarles era inútil; por lo demás, los fugitivos habían dejado tras sí un surco de sangre: diez cadáveres yacían tendidos en el suelo.

—¡Deténganse Vds.! gritó don Adolfo a los que se disponían a subirse sobre sus caballos; déjenles que huyan; don Melchor está condenado y no evitará su muerte. Luego y como hablando consigo mismo, añadió: pero ¿quién es ese fraile maldito?

León Carral se inclinó hasta el oído de don Adolfo, y le dijo:

—Ese fraile es don Antonio de Cacerbar; le reconocí.