—¡Ah! exclamó con ira el aventurero, ¡otra vez ese hombre!
Algunos minutos después un escuadrón compuesto de unos diez jinetes tomaba al trote largo el camino de Méjico, al mando de don Jaime, u Oliverio, o don Adolfo, como al lector le plazca apellidarle.
[IV]
DON DIEGO
Don Melchor de la Cruz, resuelto a apoderarse a toda costa de la fortuna de su padre, fortuna que el casamiento de su hermana amenazaba hacerle perder para siempre, se había entregado en cuerpo y alma a la política, esperando hallar en medio de los bandos que desde hacía largo tiempo estaban desgarrando a su patria, la ocasión de satisfacer su ambición y su insaciable avaricia pescando a manos llenas en las revueltas aguas de las revoluciones. Dotado de un carácter enérgico y de grande inteligencia, verdadero bandolero político que sin vacilaciones ni remordimientos pasaba de un partido a otro según los beneficios que le ofrecían, siempre dispuesto a servir al que más bien le pagaba, había llegado a hacerse dueño de importantes secretos que le hacían temible para todos y le había conquistado cierto crédito para con los jefes de los partidos a los cuales sirviera uno en pos de otro; espía de la sociedad encumbrada, había sabido meterse en todas partes, afiliarse a todas las hermandades y sociedades secretas, pues poseía por modo imponderable el talento tan envidiado de los más famosos diplomáticos, de fingir con naturalidad asombrosa los sentimientos y las opiniones más opuestas. De esta suerte es como se había hecho admitir entre los miembros de la misteriosa sociedad de Unión y Fuerza, por la que después debía ser condenado a muerte, con la firme resolución, tomada de antemano, de vender los secretos de esta temible asociación, tan pronto se presentase favorable coyuntura. Don Antonio de Cacerbar consiguió, poco tiempo después, que también le recibiesen como a miembro de la asociación mencionada. Estos dos sujetos debían comprenderse a la primera palabra, y tal sucedió. Pronto les unió la más estrecha amistad. Cuando al principio de sus relaciones, y a consecuencia de revelaciones anónimas, don Antonio de Cacerbar, convicto de traición, condenado por la asociación misteriosa y obligado a defender su vida contra uno de los afiliados, cayó herido por la espada de su adversario, que le dejó por muerto en medio del camino, donde, según ya hemos dicho, le encontró Domingo, don Melchor, que de lejos asistía enmascarado a la sangrienta ejecución, resolvió, de ser ello posible, salvar a aquel hombre que tan profundas simpatías le inspiraba. Una vez hubieron partido sus compañeros, y tan pronto le fue posible, corrió con el intento de auxiliar al herido, pero ya no le halló; el acaso, al conducir a aquel lugar a Domingo, le arrebató, con gran pesar suyo, la ocasión tan deseada por él de convertir en su deudor a don Antonio. Más adelante, cuando éste, medio curado, había huido de la gruta donde le cuidaban, los dos amigos se habían encontrado de nuevo, y más afortunado esta vez don Melchor pudo prestar importantes servicios a Cacerbar. El cual a su vez y en muchas circunstancias había hallado el medio de que el joven se aprovechase del crédito oculto de que él gozaba. La única diferencia que entre los dos existía, era que si bien don Antonio conocía a fondo los negocios de su asociado, el fin que éste se proponía y los medios de que pensaba echar mano para conseguirlo, no sucedía lo mismo con don Melchor respecto de Cacerbar, quien permanecía para él un enigma indescifrable. El joven había ensayado muchas veces hacer hablar a su amigo y conducirle a confidencias que le hubieran dado ciertas prerrogativas; pero aun cuando nada consiguiera, no renunció a descubrir más o menos tarde lo que el otro parecía tener tanto empeño en ocultar. El último favor que don Antonio le había prestado, librándole de improviso de la implacable condena de los afiliados de la Unión y Fuerza, había colocado, a lo menos provisionalmente, a don Melchor bajo la dependencia del primero. Don Antonio parecía tomar a pundonor el no recordar al joven el inmenso peligro de que le salvara, y continuó sirviéndole como hasta entonces.
El primer cuidado de don Melchor, al entrar en Puebla, fue dirigirse inmediatamente al convento donde, después de haberla robado, había relegado a su hermana; pero conforme lo presintiera, ésta había desaparecido.
Respecto del particular don Antonio no le había dicho sino contadas palabras, pero de elocuencia terrible: « Sólo los muertos no se escapan. »
Todas las pesquisas que el joven hizo en Puebla fueron infructuosas; nadie pudo o quiso ponerle en antecedentes; hasta la madre abadesa del convento permaneció muda.
—Vámonos a Méjico, le dijo don Antonio; si no está muerta allá la hallaremos.