No es posible imaginar cuanto hizo Cacerbar para descubrir el retiro de doña Dolores; lo que sí es cierto, es que dos días después de su llegada a la ciudad, conocía la vivienda de la joven.

Dejemos por ahora a estos dos personajes, con quienes volveremos a encontrarnos demasiado pronto, y digamos como quedó libre doña Dolores.

Por orden de don Melchor, ésta había sido encerrada en un convento de Carmelitas.

La madre abadesa, a quien don Melchor logró hacérsela suya gracias a una cantidad de dinero muy importante y a la promesa de entregarle otras más cuantiosa todavía si ejecutaba con celo e inteligencia sus recomendaciones, no dejaba que la joven recibiese más visita que la de su hermano, ni le permitía que escribiese carta alguna, ni le entregaba ninguna de las que para ella llegaban al convento.

De esta suerte doña Dolores pasaba los días en medio de la mayor tristeza, en una reducidísima celda, privada de toda clase de relaciones con la sociedad y no conservando ni aun la esperanza de recobrar la libertad. Por lo demás, su hermano le había dado a conocer su voluntad respecto de este punto, exigiéndola que tomase el velo.

Renunciar al siglo, éste era el único medio que don Melchor había hallado para obligar a su hermana a hacerle abandono de bienes.

Sin embargo, el joven, aun cuando se hubiese hecho nombrar tutor de su hermana, no pudiera haber conducido a ésta a un convento sin una autorización escrita del gobernador, autorización fácilmente obtenida y que fue presentada por el secretario particular de su excelencia, don Diego Izaguirre, a la madre abadesa, al ser conducida al convento doña Dolores.

La noche del día en que don Melchor había sido tan diestramente secuestrado por don Adolfo, a quien creía prisionero suyo, a cosa de las nueve de ella, tres hombres envueltos en tupidas capas y montados en sendos y vigorosos caballos, se detuvieron a la puerta del convento, a la que llamaron. La tornera abrió un portillo, cruzó en voz baja algunas palabras con uno de los jinetes que había echado pie a tierra, y satisfecha sin duda de las respuestas que éste le diera, entreabrió la puerta y dio paso al visitador nocturno. El cual entregó entonces las bridas de su caballo a uno de sus compañeros y penetró en la santa casa mientras en la calle le aguardaban éstos. Cerrada la puerta tras el desconocido, éste, acompañado de la tornera, atravesó muchos corredores, hasta que su guía abrió la celda de la abadesa y anunció a don Diego Izaguirre, secretario particular de su excelencia el gobernador. Don Diego, después de cruzar algunos cumplidos, sacó de uno de los bolsillos de su dolmán un paquete y lo entregó a la abadesa, la cual lo abrió y lo leyó rápidamente.

—Perfectamente, señor, dijo ésta, estoy pronta a obedecerle a V.

—Recuerde V. bien, señora, lo que dice la orden que la he comunicado y que me veo obligado a recobrar. Todos, absolutamente todos, añadió don Diego recalcando la palabra, deben ignorar de qué modo ha salido doña Dolores del convento; esta recomendación es importantísima.