—No la olvidaré, señor.
—Es V. libre de decir que se escapó; ahora le ruego se sirva mandar recado a doña Dolores.
La abadesa dejó a don Diego en su celda y fue a buscar personalmente a la joven.
Una vez a solas, Izaguirre rompió en mil pedazos la orden que había mostrado a la abadesa y los arrojó al brasero, cuyo fuego los consumió en un instante.
—Eso me importa, dijo entre sí don Diego mirando como ardían los restos de la orden, que el gobernador se dé un día u otro cata de la perfección con que imito su firma.
No transcurrido un cuarto de hora apareció de nuevo la abadesa, quien dijo a Izaguirre:
—Aquí está doña Dolores de la Cruz; tengo la honra de depositarla en manos de V.
—Está bien, señora, repuso el joven, y pronto espero demostrar a V. que su excelencia sabe, cuando se presenta el caso, recompensar dignamente a las personas que le obedecen sin vacilaciones y desinteresadamente.
La abadesa hizo un humilde saludo y levantó los ojos hacia el cielo.
—¿Está V. dispuesta, señorita? preguntó don Diego a la joven.