—Sí, respondió ésta lacónicamente.
—Entonces hágame V. el favor de seguirme.
—Vamos, dijo la joven envolviéndose en su mantilla y sin despedirse de la abadesa.
Don Diego y doña Dolores abandonaron la celda, y conducidos por la abadesa llegaron a la puerta del convento. Una vez en la cual, la acompañante alejó bajo un fútil pretexto a la tornera, abrió por su propia mano la puerta, y una vez fuera don Diego y la joven, saludó por última vez al secretario del gobernador y volvió a cerrar como si la apremiara el deseo de verse libre de su presencia.
—Señorita, dijo respetuosamente don Diego a la joven, tenga V. la amabilidad de subirse sobre este caballo.
—Señor, repuso doña Dolores con voz triste pero firme, soy una pobre huérfana indefensa, por lo tanto le obedezco sin oponer resistencias inútiles, pero...
—Doña Dolores, dijo entonces uno de los jinetes, nos envía don Jaime.
—¡Oh! exclamó con gozo la joven, es la voz de don Carlos.
—Sí, señorita; de consiguiente tranquilícese usted y monte a caballo sin tardanza.
La joven se subió con ligereza sobre el caballo de don Diego.