—Ahora, señores, dijo éste, ya no necesitan ustedes de mí; adiós, a escape y buen viaje.

Los jinetes desaparecieron como un torbellino.

—¡Cómo corren! dijo riendo don Diego; creo que don Melchor se verá apuradillo para alcanzarles.

Y envolviéndose en su capa tomó pedestremente la vuelta del palacio del gobernador, donde vivía.

Los dos hombres que acompañaban a la joven eran Domingo y León Carral; los cuales, después de haber galopado durante toda la noche, al amanecer llegaron a un rancho abandonado donde les estaban aguardando muchas personas, entre las que doña Dolores conoció a don Adolfo y al conde.

Ahora, rodeada de sus devotos amigos, nada tenía que temer, estaba salvada.

El gozo de la joven, al llegar a Méjico escoltada por sus valientes amigos, fue inmenso, pero lo experimentó imponderablemente mayor al entrar en la casita donde todo estaba anticipadamente dispuesto para recibirla y al arrojarse llorando en brazos de doña María y de doña Carmen.

Don Adolfo y sus amigos se retiraron discretamente, dejando a las damas que se hiciesen sus confidencias.

El conde, a fin de velar más de cerca por la seguridad de la joven, hizo que su ayuda de cámara alquilase una casa situada en la calle misma en que aquélla habitaba y ofreció a Domingo, que aceptó con diligencia, compartir con él su vivienda.

A fin de no despertar sospechas y de no llamar la atención sobre la casa de las tres damas, se convino que Luis y Domingo no irían a ella sino de tarde en tarde y que las visitas serían sumamente cortas. En cuanto a don Adolfo, apenas doña Dolores quedara instalada en su casa, había anudado su vida errante y se hizo nuevamente invisible; a las veces, cerrada ya la noche, se presentaba de improviso en la habitación de los dos jóvenes, cuya mayordomía desempeñaba León Carral, pretendiendo que pues el conde debía casar con su joven ama, éste era el amo y él el mayordomo; el conde, para no disgustar al honrado servidor, había respetado su antojo. En sus raras apariciones, el aventurero departía, por espacio de algún tiempo, sobre asuntos indiferentes, con ambos jóvenes, y luego se separaba de ellos recomendándoles la mayor vigilancia. Nada de particular ocurrió durante el transcurso de muchos días. Doña Dolores, bajo la benéfica impresión de la dicha, había recobrado la alegría y la indolencia propias de su edad; ella y Carmen charlaban de la mañana a la noche en todos los rincones de la casa, y aun doña María, que experimentaba el influjo de alegría tan franca, parecía haber rejuvenecido y de cuando en cuando se le iluminaban sus severas facciones y por los labios le vagaba una sonrisa. El conde y su amigo, que a pesar de las recomendaciones de don Jaime frecuentaban cada vez más a menudo y por más tiempo la morada de las damas, con sus visitas amenizaban la monótona existencia de éstas, reclusas voluntarias que nunca ponían los pies en la calle y vivían en la ignorancia más absoluta de cuanto en torno de ellas pasaba.