Una noche en que, para matar el tiempo, el conde estaba jugando una partida de ajedrez con Domingo, y en que, poco atentos al juego, permanecían uno frente de otro con el codo sobre la mesa y la cabeza en la palma de la mano en actitud del que medita una gran jugada, pero en realidad para pensar en otra cosa, llamaron recio a la puerta de la calle.
—¿Quién diablos puede venir a estas horas? exclamaron los dos a un mismo tiempo y estremeciéndose.
—Es más de media noche, dijo Domingo.
—Como no sea Oliverio, profirió el conde, no sé quién pueda ser.
—Indudablemente será él, repuso Domingo.
En esto se abrió la puerta del aposento y apareció don Jaime.
—Buenas noches, señores, dijo el aventurero, no me aguardaban Vds. a estas horas, ¿no es verdad?
—Siempre le estamos aguardando a usted, amigo mío, respondió el conde.
—Gracias, profirió don Jaime; y volviéndose hacia el ayuda de cámara que le alumbraba, añadió: aderéceme V. algo para cenar, señor Raimbaut.
Una vez éste se hubo salido, don Jaime arrojó el sombrero sobre un mueble, se dejó caer en una silla y empezó a darse aire con su pañuelo.