—¡Uf! dijo el aventurero dirigiéndose a los dos jóvenes, estoy pereciendo de hambre.
[V]
LA CENA
Luis y Domingo contemplaban a don Jaime con sorpresa que en vano trataban de disimular y que a su pesar se les reflejaba en el semblante.
Con ayuda de Lanca Ibarru, Raimbaut bajó una mesa cubierta de platos y la colocó ante don Adolfo.
—Vive Dios, señores, dijo alegremente el aventurero, el señor Raimbaut ha tenido la fina atención de poner tres cubiertos, previendo sin duda que Vds. no se negarían a acompañarme; háganme pues el obsequio de dar por unos instantes tregua a sus pensamientos y vengan a sentarse a la mesa.
—De mil amores, contestaron Luis y Domingo tomando sitio al lado de don Jaime.
El cual empezó a comer con envidiable apetito, mientras hablaba con facundia y animación hasta entonces desconocida de sus amigos. La boca del aventurero era un manantial de agudezas, de frases luminosas y de anécdotas contadas con la finura más exquisita. El conde y Domingo cruzaban continuas miradas, como quien no comprendía jota de aquel buen humor tan singular; porque no obstante la chispa de sus palabras y la soltura de sus maneras, la frente del aventurero permanecía cuidadosa y su semblante conservaba la máscara fríamente burlona que le era habitual. Sin embargo, excitados a pesar suyo por aquella alegría comunicativa a no poder más, no habían tardado todos en olvidar sus preocupaciones y en dar entrada a buen humor tan franco en la apariencia; así es que a poco empezó entre los tres un tiroteo de agudezas y chistes que se confundió con el choque de los vasos y el ruido de los cuchillos y de los tenedores.
Los criados habían sido despedidos y por consiguiente quedadon solos los tres amigos.