—Por mi vida, señores, dijo don Adolfo destapando una botella de champaña, que a mi ver de todas las comidas la mejor es la cena; nuestros padres lo estimaban así y hacían perfectamente; entre las buenas costumbres que se van, ésta es una y pronto la olvidarán del todo. Y a fe que lo sentiré en el alma.
Don Jaime llenó los vasos de sus compañeros, y luego dijo:
—Déjenme Vds. que beba a su salud con este vino, uno de los más preciosos productos de su patria.
Y después de haber chocado, se bebió de un sorbo el contenido de su vaso.
Las botellas se sucedían con rapidez; los vasos estaban tan pronto llenos como vacíos.
Los tres amigos no tardaron en ponerse alegres. Entonces encendieron sendos puros y la emprendieron con el ron de Jamaica, el refino de Cataluña y con el aguardiente de Francia. Luego con los codos en la mesa, envueltos en espesa nube de odorífero humo, los tres hablaron con un poco más de orden, e insensiblemente y sin que de ello se percatasen, su conversación tomó poco a poco un sesgo más serio y más confidencial.
—¡Bah! profirió prontamente Domingo apoyándose en el respaldo de su silla, la vida es buena y sobre todo hermosa.
A este arranque, que caía exabrupto como un aerolito en medio de la conversación, el aventurero se echó a reír de un modo nervioso y áspero, y dijo:
—¡Bravo! a eso le llamo yo filosofía pura. Este hombre, que ignora de quién y dónde nació, que ha crecido como un hongo, y no ha conocido más amigo que a mí, que no tiene dónde caerse muerto, halla hermosa la vida y se congratula de gozarla. Por mi alma que me gustaría oírle desenvolver semejante teoría.
—Nada más fácil, profirió el joven con la mayor impasibilidad; es cierto que no sé dónde nací, pero esto constituye para mí una ventaja: la tierra entera es mi patria. Sea cual fuere la nación a que pertenezcan los hombres, son paisanos míos. También es cierto que no conozco a mis padres; mas ¿quién sabe si asimismo es una dicha para mí? Con su abandono me han eximido del respeto y de la gratitud por los cuidados que me habrían prodigado, y me han dejado en libertad de obrar a mi antojo, sin que tenga que temer sus censuras. No he tenido en mi vida sino un amigo; ha dicho usted bien; pero ¿cuántos hombres pueden vanagloriarse de tener tantos? El mío es bueno, sincero y devoto, lo he tenido siempre a mi lado, cuando de él he tenido necesidad, para gozarse en mis alegrías, entristecerse con mis penas, y sostenerme y unirme con su amistad a la gran familia humana de la que a no ser él estaría desterrado. No poseo donde caerme muerto; verdad innegable también; pero ¿qué me importan a mí las riquezas? Soy fuerte, animoso e inteligente; además ¿no está el hombre condenado al trabajo? Pues cumplo mi cometido como los otros, tal vez más bien que los otros, porque no envidio a nadie y me conformo con mi suerte. Ya ve V., mi querido don Adolfo, que la vida es, para mí a lo menos, como hace poco dije, buena y hermosa, y le reto a V., tan escéptico y lleno de desengaños, a que me demuestre lo contrario.