—Muy bien, repuso el aventurero; todas las razones que acaba V. de exponerme, aunque especiosas y fáciles de refutar, no dejan de parecer muy lógicas; pero no me tomaré el trabajo de discutirlas; lo único que le haré observar a V., es que se equivoca al calificarme de escéptico: desengañado tal vez lo estoy; pero escéptico no lo seré nunca.
—¡Oh! ¡oh! profirieron, a una los dos jóvenes, esto necesita una explicación, don Adolfo.
—Si me la exigen Vds. se la daré, repuso el aventurero; mas, ¿de qué aprovecharía? Voy a hacerles una proposición que a mi ver les placerá grandemente.
—¿Qué proposición es esa?
—Casi es ya de madrugada; dentro de contadas horas amanecerá; Vds. ni yo sentimos sueño. ¿Qué les parece si nos quedásemos aquí mismo y continuásemos hablando?
—Por mi parte acepto, respondió el conde.
—Lo mismo digo, añadió Domingo; pero ¿de qué hablaremos?
—Si Vds. quieren les referiré un lance, o una historia, como les plazca llamarle, que oí hoy mismo y cuya veracidad les abono, ya que él que me la contó es hombre a quien conozco hace muchos años y desempeñó un papel en ella.
—¿Por qué no nos cuenta V. su propia historia, don Adolfo? debe de estar llena de peripecias conmovedoras y de incidentes por demás curiosos, dijo intencionadamente el conde.
—Se equivoca V., mi querido amigo, replicó Oliverio con bondadoso gesto; nada hay más insustancial y despojado de interés que lo que os place apellidar mi historia; poco más o menos es la de todos los contrabandistas; porque, añadió en tono de confidencia, ya saben ustedes que no soy otra cosa. Todos llevamos la misma existencia; nos valemos de mil ardides para pasar las mercancías que nos confían, y la aduana se vale de los mismos medios para impedírnoslo y apoderarse de ellos; de ahí conflictos que a las veces, pero muy poco a menudo, gracias a Dios, resultan sangrientos. Esto es en sustancia la historia que me ha pedido usted, señor conde; ya ve V. que en la esencia no encierra interés alguno.