—No insisto, mi querido don Adolfo, repuso el joven sonriendo; así pues doblemos la hoja.

—Entonces es V. libre de dar comienzo a la historia que ofreció contarnos, dijo Domingo al aventurero.

Oliverio llenó un vaso de champaña con refino de Cataluña, lo vació de un sorbo, y golpeando la mesa con el mango de un cuchillo, dijo:

—Atención, señores, voy a dar principio; pero ante todo debo solicitar su indulgencia por ciertas lagunas y sobre todo por algunos puntos oscuros que aparecerán en mi relato; repito a ustedes que no haré sino relatar lo que me contaron a mí mismo, que por consiguiente hay muchas cosas que las ignoro y que no puedo ser responsable de las reticencias hechas probablemente con intención por el primer narrador, que indudablemente tiene sus razones para callarse ciertos incidentes de esta historia, por lo demás muy curiosa.

—Empiece V., empiece V., dijeron los dos jóvenes.

—Todavía encierra otra dificultad este relato, continuó don Jaime con la mayor imperturbabilidad, y es que ignoro completamente en qué tierra pasó; pero esto no tiene sino una importancia relativa, ya que poco más o menos los hombres son los mismos en todas partes, es decir, movidos y señoreados por vicios y pasiones idénticos. De lo que creo estar cierto es de que los hechos pasaron en el viejo mundo; pero Vds. van a juzgar. Había en Alemania (supongamos que fue en Alemania donde pasó esta verídica historia); había en Alemania, repito, una familia rica y poderosa cuya nobleza se perdía en la noche de los tiempos. Ya saben ustedes, de fijo, que la nobleza alemana es una de las más antiguas de Europa y que entre ella las tradiciones sobre el honor se han conservado casi intactas hasta hoy. Ahora bien, el príncipe de Oppenheim-Schlewig, que así le llamaremos, el jefe de esta familia, era príncipe y tenía dos hijos poco más o menos de la misma edad, pues el mayor no llevaba sino dos o tres años al menor, ambos gentiles de cuerpo y dotados de grande inteligencia; estos dos jóvenes habían sido educados con todo cuidado, bajo la vigilancia directa de su padre. En Alemania no pasa como en América; la potestad del jefe de la familia está muy extendida y no es menos respetada; hay algo realmente patriarcal en el modo como se conserva la disciplina interior de la casa. Los jóvenes se aprovechaban de las lecciones que recibían, pero a medida de los años iban caracterizándose sus inclinaciones, y en este punto pronto les separó una diferencia marcadísima, por más que ambos fuesen caballeros cumplidos, en la acepción vulgar de la palabra. Sin embargo, sus cualidades morales, si puedo expresarme así, diferían de todo en todo: el primero era apacible, afable, servicial, grave, esclavo de sus deberes y sobre todo imbuido en superlativo grado del honor de su apellido; el segundo mostraba gustos diametralmente opuestos; por más que era extremadamente orgulloso y estaba muy más pagado de su nobleza, no reparaba en comprometer el respeto que debía a su apellido, en los garitos más inmundos y entre gente la más soez; en una palabra, llevaba la vida más disipada y borrascosa. El príncipe se condolía a solas del desenfreno de su segundogénito, y para traerle a buen camino le había llamado repetidas veces a su presencia y le había dirigido las más severas amonestaciones. El joven había escuchado respetuosamente a su padre y le había prometido enmendarse, pero en vez de cumplir su promesa, redobló sus escándalos.

Francia declaró la guerra a Alemania. El príncipe de Oppenheim-Schlewig fue uno de los primeros que obedeciendo las órdenes del emperador ingresó en el ejército, en compañía de sus dos hijos, que le seguían en calidad de edecanes e iban a recibir su bautismo de sangre. Pocos días después de su llegada al campamento, el príncipe recibió del general en jefe orden de practicar un reconocimiento. Se trabó con este motivo una seria escaramuza con los forrajeadores enemigos, y en lo más recio de la pelea el príncipe cayó del caballo, muerto; pero lo singular del caso y que nunca pudo explicarse, fue que la bala que acabó con él, le había entrado por entre los hombros, de atrás a delante.

Don Adolfo hizo una pausa y dijo a Domingo:

—Deme V. de beber.

El joven le escanció un vaso de ponche; el aventurero se lo sorbió casi hirviendo, y después de haberse pasado la mano por la frente, pálida y empapada en sudor, anudó su relato en estos términos: