—Los dos hijos del príncipe, que se encontraban a bastante distancia de éste cuando ocurrió la catástrofe, acudieron apresuradamente, pero no hallaron sino el ensangrentado cadáver de su padre. El dolor de los dos jóvenes fue hondísimo, él del primogénito, sombrío, por decirlo así, él del menor, ruidoso. Pese a las más minuciosas pesquisas, fue imposible descubrir como yendo el príncipe al frente de sus soldados, quienes adoraban en él, pudo ser herido por la espalda; esto permaneció siempre envuelto en el misterio. Los jóvenes se separaron del ejército y regresaron a su hogar, tomando el primogénito el título de príncipe y pasando a ser el jefe de la familia. En Alemania el derecho de primogenitura existe en todo su vigor; así pues el menor dependía completamente de su hermano; pero no queriendo éste dejarle en una situación inferior y vergonzosa, le donó la fortuna de su madre, unos cuatrocientos mil duros, le dejó completamente libre de sus acciones y le autorizó para que tomara el título de marqués.

—De duque, querrá V. decir, interrumpió el conde.

—Esto es, repuso don Adolfo, mordiéndose los labios, ya que era príncipe; pero ya sabe usted, añadió con sonrisa amarga, que nosotros los republicanos no estamos muy al tanto de esos títulos pomposos que no nos merecen sino el más profundo desprecio.

—Prosiga V., dijo Domingo con indolencia.

—El duque realizó su fortuna, se despidió de su hermano y partió para Viena, desde cuya fecha el príncipe, que había permanecido en sus tierras en medio de sus vasallos no oyó hablar de su hermano sino muy de tarde en tarde, y aún no de modo que pudiese darle satisfacción alguna. El duque no ponía ya dique a sus desenfrenos, llegando los escándalos a tal extremo, que el príncipe se vio constreñido a tomar una resolución severa y a intimar a su hermano la orden de abandonar inmediatamente el reino; orden que éste obedeció sin replicar. Durante una larga serie de años el duque viajó por Europa, y cuando escribía a su hermano, lo que rara vez acontecía, era para notificarle los cambios que según decía en él se habían operado y la reforma radical de su conducta. Creyese o no en sus protestas, el príncipe juzgó no deber dispensarse de anunciar a su hermano su próxima boda con una noble heredera, joven, hermosa y rica; y tal vez presumiendo que a causa de la distancia el duque no podría concurrir a ella, le invitó a asistir a la bendición nupcial. Si tal creyó, se equivocó de medio a medio, pues el duque llegó la víspera de la boda. Su hermano le recibió con agasajo y le señaló habitación en su propio palacio, y al día siguiente se efectuó la unión proyectada. La conducta del duque fue irreprochable; viviendo en compañía de su hermano, parecía aplicarse en complacerle en todo y en demostrarle a cada paso que su conversión era sincera. En una palabra, desempeñó tan perfectamente su papel, que engañó a todos, y al príncipe el primero; el cual no sólo le devolvió su amistad, sino que no tardó en concederle toda su confianza. Muchos meses hacía ya que el duque había regresado de sus viajes y parecía haber tomado la vida por lo serio y no sustentar sino un deseo: el de reparar sus faltas de la juventud. Acogido en el seno de todas las familias, al principio con cierta prevención, pero con distinción a no tardar, había casi logrado hacer olvidar los deslices de su pasada existencia, cuando no sé a propósito de qué fiesta o de qué aniversario, se celebraron en aquella tierra regocijos extraordinarios. Cumpliendo con su deber, el príncipe tomó, como era natural, la iniciativa de las diversiones y aun a instancias de su hermano resolvió darlas más brillo tomando personalmente una parte importante en las mismas. Se trataba de representar un como torneo, para el cual la primera nobleza de las comarcas circunvecinas, a invitación del príncipe, habían ofrecido con solicitud su concurso. Por fin llegó el día de las justas. La joven esposa del príncipe, bastante adelantada en una preñez laboriosa, movida por uno de esos presentimientos que nacen del corazón y nunca engañan, intentó en vano disuadir a su marido de que bajase a la liza, confesándole en medio de lágrimas que temía una desventura; el duque unió su voz a la de su cuñada para recabar de su hermano que se abstuviera de aparecer en el torneo más que como simple espectador. El príncipe, que creía su honor comprometido en la empresa, fue inquebrantable en su resolución, y después de chancearse y de tildar de quiméricos sus temores, se subió sobre su caballo y partió. Una hora después le llevaron moribundo a su palacio. Por acaso extraordinario, por fatalidad inaudita, el desventurado príncipe había encontrado la muerte en el sitio mismo donde pretendiera hallar el placer. El duque demostró el más profundo dolor por la espantosa muerte de su hermano. Inmediatamente se procedió a abrir el testamento del príncipe, por el cual éste nombraba heredero universal de todos sus bienes a su hermano, siempre y cuando la princesa, cuya preñez tocaba a su fin, no pariese varón, en cuyo caso éste heredaría los bienes y títulos de su padre y permanecería durante su minoridad bajo la tutela de su tío. Al saber la muerte de su marido, a la princesa le asaltaron repentinamente los dolores del parto, y dio a luz una niña.

Anulada por lo tanto la cláusula segunda del testamento, el duque tomó el título de príncipe y se apoderó de la fortuna de su hermano. La princesa, no obstante los halagadores ofrecimientos que le hizo su cuñado, no quiso continuar viviendo, como extraña, en un palacio donde había sido dueña y señora, y se retiró al seno de su familia.

El aventurero hizo una pausa, y luego preguntó a sus oyentes, sonriendo con ironía:

—¿Qué les parece a Vds. la historia?

—Aguardo que haya V. dado fin a ella para manifestarle mi parecer, dijo el conde.

—¿Así pues V. cree que no he terminado? arguyo don Adolfo dirigiendo una mirada límpida y penetrante a Luis.