—Pueden Vds. entrar.
El capellán y el conde penetraron en el calabozo; y decimos calabozo por ser palabra consagrada por el uso, ya que la pieza en la que aquéllos entraron todo lo parecía menos tal. Era una celda bastante capaz, iluminada por dos ventanas ojivales provistas de fuertes rejas en la parte exterior, y en la cual había una cama, más bien dicho, un catre sobre el que estaba tendido un cuero de vaca, una mesa, gran número de sillas y un espejo colgado del muro. En la testera se veía un altar cubierto de negro, en él que, desde que se dictó la sentencia, el capellán rezaba una misa por la mañana y otra por la tarde.
El condenado estaba en capilla.
Al oír este pormenor, pues la costumbre de poner en capilla a los reos de muerte sólo existe en España y sus colonias, los dos oyentes cruzaron al soslayo una mirada de inteligencia, que pasó inadvertida al aventurero. El cual, sin notar la falta que acababa de cometer, continuó.
—El condenado, que estaba sentado en un taburete, con la cabeza en la palma de la diestra y el codo apoyado en la mesa, y leyendo a la luz de un humoso candil, al entrar los visitantes se levantó con diligencia, y saludando con la cortesía más exquisita, dijo:
—Señores, sírvanse Vds. dispensarme la honra de molestarse unos instantes; pronto van a llegar las personas a quienes mandé a buscar y cuya presencia aquí es indispensable para que luego nadie pueda poner en tela de juicio la veracidad de lo que voy a revelar.
El capellán y el conde hicieron un gesto de asentimiento y se sentaron en las butacas que aquél les acercara.
Los circunstantes guardaron silencio por espacio de algunos minutos, silencio sólo interrumpido por el cadencioso paso del centinela colocado en el corredor para vigilar al condenado.
Brazo Rojo se había sentado de nuevo en su taburete y parecía meditar, cuya circunstancia aprovechó el conde para examinarle detenidamente.
Era el bandido hombre de treinta y cinco a cuarenta años, alto y bien formado y de gestos desembarazados y elegantes. Debido a la costumbre del mando, tenía la cabeza un tanto echada hacia atrás, sus facciones eran abultadas y simpáticas y en su mirada había una fijeza extraordinaria; en cuanto a la fisonomía, es imposible describir el singularísimo sello que imprimía en ella la notable expresión de apacibilidad y de energía que la animaba. Cabellos azulados de puro negros, espesos y ensortijados de suyo, que se le desparramaban por los hombros, formaban marco a su hermoso rostro. El traje que llevaba el reo, de terciopelo negro y de corte excepcional, hacía contraste con la palidez mate de su dueño, y a ser posible realzaba el aspecto simpático de éste.