Transcurridos algunos minutos se oyó ruido de pasos en el corredor, rechinó una llave en la cerradura, se abrió la puerta, y parecieron dos hombres guiados por el carcelero, el cual, después de haberles introducido silenciosamente en el calabozo, volvió a salir, cerrando tras sí la puerta.
El primero de los dos sujetos recién entrados era el director de la cárcel, anciano todavía lozano a pesar de sus setenta años, de facciones sosegadas, aspecto venerable, y cuyos cabellos, canos, poco abundantes y cortados casi al rape en las sienes, por detrás le caían sobre el cuello de su levita. El segundo, militar, un mayor, a juzgar por sus charreteras, frisaba con los treinta, y nada de particular ofrecían sus facciones; era uno de esos hombres nacidos para vestir el uniforme y que en traje de paisano están ridículos.
Ambos saludaron cortésmente, y sin proferir palabra aguardaron a que se la dirigieran explicándoles el porqué de haberles llamado a aquel sitio.
Comprendiéndolo así el reo, éste se apresuró a hacerles sabedores de las causas que le habían obligado a suplicarles a que se presentasen en el calabozo en el momento supremo en que nada debía esperar ya de los hombres.
—Señores, dijo con voz firme Brazo Rojo, dentro de algunas horas habré saldado mis cuentas con la justicia humana y compareceré ante la más terrible de Dios. Desde el día en que empezó para mí la implacable lucha que sostuve contra la sociedad, cometí muchos crímenes, serví a muchos odios y convertí en cómplice de un número incalculable de atentados a cual más odioso. La sentencia que me condena es justa, y aunque resuelto a sobrellevarla con la fortaleza del hombre a quien la muerte no ha arredrado nunca, creo deber confesar a Vds., con la sinceridad más grande y la humildad más profunda, que me arrepiento de mis crímenes, y que lejos de morir impenitente, los expiaré suplicando a Dios, no que me perdone, sino que tome en cuenta mi arrepentimiento.
—Bien, hijo mío, bien, dijo con amor el capellán; refúgiese V. en Dios, su bondad es infinita.
Por espacio de algunos segundos reinó el más profundo silencio.
—En este momento supremo, dijo por fin Brazo Rojo, querría haber reparado los males que he causado; pero ¡ay! es imposible, mis víctimas están muertas y poder alguno humano sería capaz de devolverles la vida que tan traidoramente les quité. Sin embargo, entre los crímenes que sobre mí pesan hay uno, tal vez de todos el más horrendo, que si no puedo repararlo completamente, a lo menos espero neutralizar sus efectos, revelando a Vds. sus siniestras peripecias y divulgando el nombre de mi cómplice. Dios, al conducir de improviso a esta ciudad al conde Octavio, quiso sin duda imponerme esta expiación; por lo tanto me someto a su voluntad, esperando que en cambio de mi obediencia tal vez se apiade de mí. Al suplicarles a Vds., señores, que viniesen aquí, me guió la idea de que la persona más interesada en lo que voy a decir contase con los testigos indispensables, para que después la justicia humana pudiese, sin temor alguno, perseguir al culpado. Así pues, señores, sírvanse Vds. tomar nota de mis palabras, que al umbral del sepulcro les juro serán reflejo de la verdad más pura.
El condenado se calló y se entregó a la meditación como para recoger sus recuerdos.
Los asistentes sentían la curiosidad más viva; el conde, principalmente, ensayaba en vano, bajo una apariencia fría y severa, disimular la ansiedad que le oprimía el corazón; tenía el presentimiento de que por fin iba a ser dueño del impenetrable secreto que hasta entonces envolvía a su familia y cuyo descubrimiento persiguiera inútilmente por espacio de tanto tiempo.