Brazo Rojo escogió, entre los muchos papeles que cubrían su mesa, un cuaderno bastante voluminoso, y después de abrirlo y colocarlo ante sí, dijo:

—Aunque desde la fecha en que ocurrieron los sucesos que aquí se narran, hayan transcurrido ocho años, están tan presentes en mi memoria, que tan pronto supe la llegada del conde Octavio a esta ciudad, me puse a escribirlos circunstanciadamente a vuela pluma. Esta horrorosa historia es la que voy a leerles a Vds., señores; historia a cuyo pie me harán ustedes luego el favor de echar su firma, a fin de dar al manuscrito este la autenticidad indispensable para que el señor conde haga de él el uso que juzgue más conveniente en pro de su familia y para castigo del culpado. Yo no fui sino el cómplice pagado, el instrumento de que se sirvieron para herir a la víctima.

—Esta precaución es muy buena, dijo entonces el director de la cárcel; no hallaremos reparo en firmar esa revelación, sea la que fuere.

—Gracias, señores, profirió el conde; por más que yo ignore los hechos que van a sernos revelados, me asisten sin embargo ciertas razones particulares para tener la cuasi certeza de que lo que voy a saber es de grandísima importancia para la dicha de algunas personas de mi familia.

—Va V. a juzgar de ello, señor conde, dijo el reo, empezando a leer su manuscrito, lo cual duró próximamente dos horas.

Del conjunto de los hechos resultaba: primeramente que la bala que cortara la existencia del príncipe de Oppenheim-Schlewig había partido del fusil de Brazo Rojo, quien al efecto se emboscara entre unas matas, y que el segundogénito del príncipe había pagado al bandido para que cometiera tal asesinato. Una vez en la resbaladiza pendiente del crimen, el joven se había entregado a él en cuerpo y alma, sin vacilación y sin remordimientos, para lograr el fin que se propusiera, que no era sino él de apoderarse de la fortuna paterna. Después de un parricidio, para él nada significaba un fratricidio, y lo llevó a cabo con un lujo de precauciones atroz. Otros crímenes más horrorosos aún, si es posible, los refería el manuscrito, con una verdad de pormenores tal y con apoyo de pruebas tan irrecusables, que los testigos llamados por el reo se preguntaban con espanto si era posible que existiese un monstruo tan atroz y qué horrible castigo le reservaba la justicia divina, de la que él se burlaba con tan horroroso cinismo hacía tantos años. A la princesa, al saber la muerte de su esposo, le habían sobrevenido los dolores del parto y dado a luz, no una niña, como todos creían, sino dos gemelos, uno de los cuales, el niño, fue arrebatado por orden del príncipe con objeto de anular la cláusula del testamento de su padre que transmitía al hijo que debía nacer, caso de ser varón, los títulos y toda la fortuna de la familia.

El conde Octavio, con el rostro sepultado entre las manos, se creía pábulo de una terrible pesadilla; a pesar de las prevenciones que le animaran siempre contra su cuñado, nunca se hubiera atrevido a creerle capaz de cometer impasiblemente y a largos intervalos una serie de crímenes odiosos pacientemente urdidos y meditados a impulsos de la más vil, despreciable e inexcusable de todas las pasiones, la sed de oro. El conde se preguntaba si no obstante las irrecusables pruebas que de esta suerte y de improviso se le venían a las manos, hallaría en todo el imperio un tribunal que se atreviese a asumir la responsabilidad de perseguir tan vergonzosos e inhumanos crímenes. Además, como de hacer pública tal revelación quedaba irremisiblemente deshonrada una familia a la cual estaba entroncada la suya, ¿iba a refluir sobre ésta la deshonra? Todos estos pensamientos bullían en la mente del conde, causándole dolores agudísimos y acrecentando su perplejidad hasta el extremo que no sabía que resolución tomar. En caso tan grave, no se atrevía a pedir consejo a nadie ni buscar apoyo fuera de sí mismo.

—Caballero, dijo Brazo Rojo levantándose y acercándose al conde, tome V. este manuscrito; desde ahora le pertenece.

El conde tomó maquinalmente el cuaderno que le entregaba el reo, quien continuó en estos términos:

—Comprendo su admiración de V. y su espanto, señor; son tan horribles los acontecimientos esos, que a pesar del sello de verdad que revisten, de las circunstancias excepcionales en que han sido escritos, y de la autoridad de las personas que los han firmado después de leídos, corren peligro de ser puestos en duda; así pues quiero ponerlos al abrigo de toda sospecha de impostura, añadiendo al manuscrito lo que se ha dado en llamar piezas de autos y que yo llamaré pruebas irrecusables.