[VII]

EL VENGADOR

No bien hubo llegado a su casa, el conde dictó sus disposiciones para partir inmediatamente, olvidándose por completo del asunto que le llevara a Bruneck. Por otra parte, por muy importante que le hubiese sido el asunto, no hubiera sido parte a retenerle; tal era la priesa que de alejarse sentía aquél.

Sin embargo, no tuvo más remedio que permanecer todavía algunas horas más en la ciudad, por no ser posible disponer de caballos hasta las tres de la tarde.

Octavio se aprovechó de este contratiempo para tomar algún descanso, pues en efecto le rendía la fatiga. A poco de haberse acostado dormía tan profundamente, que no oyó siquiera las desaforadas y furiosas voces que daba la multitud al ver que en lugar de los tres criminales a quienes hacía tanto tiempo estaba aguardando para gozarse en su suplicio y saborear con delicia una venganza tan anhelada, no le entregaban sino tres cadáveres.

En el momento en que el carcelero y los agentes de la justicia entraron en el calabozo de los condenados para conducir a éstos al patíbulo, no hallaron sino tres cadáveres.

Cuando el conde despertó, todo había concluido; las tiendas estaban abiertas y la ciudad ofrecía el aspecto normal.

Octavio preguntó si estaba dispuesto el coche, y al responderle que éste le estaba aguardando a la puerta de la casa, apresuró los últimos preparativos, que pronto estuvieron terminados, y bajó a la calle.

—¿A dónde vamos, excelentísimo señor? preguntó el lacayo descubriéndose.

—A Viena, respondió el conde, acomodándose en el testero del carruaje.