El postillón esgrimió su látigo, y los caballos partieron a escape.

Octavio había reflexionado, y el resultado de sus reflexiones fueron éste: sólo existía una persona bastante poderosa para hacer que le administraran recta y pronta justicia: el emperador; así pues a éste era a quien debía dirigirse. Ahí porque tomó el camino de Viena.

Larga es la distancia que separa a Bruneck de la capital del imperio; así es que en aquellos tiempos en que los caminos de hierro estaban en sus comienzos y no existían sino en ciertas líneas estratégicas muy contadas, los viajes eran largos, incómodos y dispendiosos. Él del conde duró veintisiete días. Lo primero que hizo Octavio al llegar al término que se propusiera, fue informarse respecto de la residencia del emperador, que en aquel entonces se encontraba en Schoenbrunn, situado a una legua escasa de Viena. Para no perder un tiempo precioso, empero, era menester recabar lo más pronto posible una audiencia del emperador, y como Octavio pertenecía a una familia demasiado encumbrada para que le hiciesen esperar, dos días después de su llegada a la capital de Austria, fue recibido en audiencia.

Como ya he manifestado, el palacio de Schoenbrunn se levanta a legua o legua y media de Viena, allende y un poco a la izquierda del arrabal de Mariahilf. Dicho palacio imperial, empezado por José I y terminado por María Teresa, es de construcción sencilla, elegante, graciosa, sin embargo de lo cual no carece de majestad. Se compone de un gran cuerpo con habitaciones del que parten dos alas circulares, y corona el peristilo una escalinata de dos rampas que afluye al piso primero. Paralelos al cuerpo principal del palacio hay algunos edificios bajos destinados a la servidumbre y a las caballerizas, los cuales están unidos a cada uno de los extremos de las alas, dejando únicamente en el eje de la escalinata una abertura no de diez metros, a cada lado de la que se levanta un obelisco. Se llega a Schoenbrunn por un puente echado sobre el Viena, delgado hilo de agua que va a perderse en el Danubio, y a espaldas del palacio se extiende un jardín semicircular en el testero del cual se levanta un mirador situado en la cúspide de un otero sembrado de césped rodeado de umbríos sotos, en los que se disfruta de suavísimo ambiente y del armonioso gorjear de infinidad de pájaros, Schoenbrunn, célebre por haber vivido en él Napoleón I y haber muerto en él, tras dolorosa agonía, el duque de Reichstad, hijo de este famoso capitán, ostenta un sello de indecible tristeza y de indefinible languidez; todo en él es sombrío, melancólico y aflictivo; la corte, con su rigurosa etiqueta y su fausto, apenas si logra de tiempo en tiempo galvanizar aquel cadáver. Como el palacio de Versalles, Schoenbrunn no es sino un cuerpo sin alma, incapaz de volver a la vida bajo esfuerzo alguno.

El conde llegó a Schoenbrunn diez minutos antes de la hora de su audiencia, fijada para mediodía, y una vez ésta hubo sonado, un chambelán de servicio, que le estaba aguardando, le introdujo a presencia del emperador, que se encontraba en un salón particular, en pie y arrimado a una chimenea.

La acogida que el soberano reservó al conde, fue cordial en extremo. La audiencia duró unas cuatro horas, y fue tan secreta, que nadie ha sabido nunca qué pasó entre el emperador y el conde; lo único de que se tiene noticia es que al despedirse los conferenciantes, S. M., en el momento de tender la mano al conde para que éste se la besase, dijo:

—Creo que vale más obrar así; en pro de la nobleza toda, es menester evitar a toda costa el horroroso escándalo que provocaría la publicidad de tan espantosos hechos; no le faltará a V. nunca mi apoyo; vaya V., señor conde, y quiera Dios que con los elementos que pongo en sus manos consiga V. sus propósitos.

El conde hizo una respetuosa reverencia y se volvió a Viena, de la que salió aquella noche misma para tomar la vuelta de su casa.

Al par que Octavio, y por el mismo camino, salió un correo de gabinete, expedido por el emperador.

El aventurero, al llegar aquí de su relato, hizo una nueva pausa, y fijando los ojos en el conde del Saulay, le preguntó: