—¿V. sospecha lo que pasó entre el emperador y Octavio?

—Casi casi, respondió el joven.

—¡Ah! profirió el aventurero con admiración, me gustaría saber el resultado de sus observaciones.

—¿Me permite V. que se lo diga?

—Pues sí.

—Mi querido don Adolfo, repuso Luis, como usted sabe, yo soy noble. En Francia el rey es el primero entre la nobleza de su reino, el primus ínter pares, y tal supongo sucede en todas partes. Ahora bien, todo ataque contra alguno de los miembros de la nobleza hiere tan profundamente al soberano como a los demás nobles del imperio. Cuando el Regente de Francia condenó al conde de Horn a ser descuartizado en la plaza de Greve, por haber robado y asesinado a un judío, respondió a un señor de la corte que intercedió para con él a favor del culpado recordándole que el conde de Horn estaba emparentado con familias reinantes y que era pariente suyo: « Cuando tengo sangre mala me la hago sacar. » Y se volvió de espaldas al solicitante. Esto no obstante, la nobleza mandó sus carrozas a la ejecución del conde de Horn. Lo que V. acaba de referir es poco más o menos lo mismo; la única diferencia que existe es que el emperador, menos enérgico que el Regente de Francia, al par que conocía que era menester administrar justicia, retrocedió ante una publicidad que, según él, debía señalar con un estigma infamante a la nobleza toda de su nación, y, como todos los hombres débiles, se detuvo a la mitad del camino, esto es, dio probablemente una autorización al conde para que éste pudiese valerse de cualquier pretexto para matar o hacer asesinar a su noble pariente, y, una vez suprimido su enemigo, obtener la justicia que reclamaba, ya que, muerto el príncipe, sería fácil restituir a la viuda del primogénito o a su hijo, caso de dar de nuevo con él, los títulos y la fortuna que su tío le arrebatara por modo tan criminal. Esto, a mi ver, es lo que se pactó entre el emperador y el conde en la conferencia celebrada en Schoenbrunn.

—En efecto, señor conde, profirió don Adolfo, así pasó; con la única diferencia que el emperador exigió que las hostilidades no empezasen entre el príncipe y el conde hasta encontrarse ambos fuera del imperio, y que el conde solicitó del emperador le proporcionase todos los medios de acción de que dispusiese a fin de hallar a su sobrino, si por acaso vivía aún, en lo que el soberano consintió. El conde se volvió pues a su palacio, provisto de la autorización de S. M., en la que le confería los poderes más amplios para que prosiguiese su venganza, y además una orden hológrafa para que el conde pudiese reclamar siempre y cuando lo exigiese, el auxilio de todos los agentes imperiales, así en Austria como fuera de ella. Como V. comprenderá sin duda, el conde no estaba del todo satisfecho de las condiciones que le impusiera el emperador; pero conociendo la imposibilidad de conseguir más, tuvo que resignarse.

Octavio hubiera preferido el arrostrar todas las consecuencias de un proceso escandaloso, a la venganza vergonzosa y mezquina que le permitían; pero en provecho de su hermana y de su sobrino valía más que hubiese obtenido esas semiconcesiones a haberse estrellado inútilmente contra una resolución tomada de antemano y una negativa formal. El conde tomó pues inmediatamente todas las providencias para buscar a su sobrino, en cuyas pesquisas debían servirle grandemente las preciosas noticias que contenían los papeles que Brazo Rojo le entregara, y sin decir nada a su hermana, puso manos a la obra sin perder minuto. ¿Qué más les diré a Vds., amigos míos? Las pesquisas del conde fueron largas, duran todavía; sin embargo, la situación empieza a aclararse, ya que Octavio ha tenido la suerte de hallar a su sobrino, a quien nunca más ha vuelto a perder de vista. Éste, aun en la hora presente, ignora los lazos sagrados que le unen al hombre que le ha educado y le ama como un padre; al hombre que ni aun a su propia hermana ha revelado este secreto, por no querer descubrírselo sino en la ocasión misma en que pueda anunciarle que la justicia queda por fin satisfecha y vengado el marido a quien llora hace tantos años. Desde que el conde empezó la persecución del príncipe, los dos enemigos se han encontrado cara a cara, y más de dos veces Octavio ha podido matar al príncipe; pero el vengador no se ha dejado llevar nunca del odio, más bien dicho, su odio le ha dado fuerzas para esperar. El conde quiere, sí, matar a su enemigo, pero antes quiere que éste se haya deshonrado y caiga, no vencido en una lucha noble, sino como el criminal que por fin sufre el castigo a sus maldades.

El aventurero se calló otra vez, y él y sus oyentes guardaron profundo silencio.

La noche tocaba a su fin; al través de las entreabiertas ventanas penetraban ya algunas ráfagas de blanquecina luz, que amortiguaban la de las bujías; sordos rumores anunciaban que la ciudad empezaba a despertarse, y las lejanas campanas de los conventos y de las iglesias llamaban a los fieles a la misa del alba.