El aventurero se levantó y empezó a pasearse por el aposento, dirigiendo de vez en cuando y al soslayo una mirada escrutadora a sus compañeros.

Domingo, arrellanado en su butaca y con los ojos entornados, chupaba maquinalmente una pipa india. El conde del Saulay repiqueteaba con los dedos una tocata sobre la mesa, al par que con el rabillo del ojo seguía las evoluciones del aventurero.

—Conque, dijo por fin e inopinadamente Luis, levantando la cabeza y mirando de hito en hito a don Adolfo, ¿ha terminado V. su relato?

—Sí, respondió lacónicamente el aventurero.

—¿No tiene V. que añadir nada más?

—No.

—Me parece que se equivoca V., y dispénseme que se lo diga.

—No le comprendo a V., mi querido conde.

—Me explicaré, pero con una condición.

—¿Cuál?