—Que no me interrumpa V.
—Concedido; le escucho a V., dijo don Adolfo.
—Sepa, amigo mío, profirió el conde, que el primer rostro simpático que vi al desembarcar en América, fue el de V. Aunque nuestra situación respectiva era muy diferente, el acaso se ha complacido en acercarnos uno a otro con tal persistencia, que lo que en un principio no era entre los dos sino una amistad pasajera, sin saber como ni como no se ha convertido en afecto sincero y profundo. Y aquí encaja decir que un hombre no se une a otro como yo lo he hecho con V., sin estudiar un poco el carácter del individuo que le atrae; tal me sucedió a mí y tal creo le sucedió también a V. Ahora bien, tengo la pretensión de conocerle a V. bastante íntimamente, para sustentar la convicción de que no ha venido V. de improviso a nuestra casa, esta noche, con el único objeto de cenar, más bien dicho, de hacer una francachela impropia de su carácter y de sus costumbres; y digo esto, porque es V. el hombre más sobrio que he conocido. Además, me llama la atención que V., tan parco en el hablar y sobre todo tan celoso en sus secretos, nos haya hecho un relato muy interesante, sí, pero que aparentemente en nada le atañe y debe de tener una importancia muy secundaria para V. Así pues, digo que si V. vino esta noche a pedirnos una cena de la que pudiera haber prescindido perfectamente, aparte la satisfacción que nos causó su visita, fue con el deliberado propósito de hacernos este relato, relato que tal vez le interesa a V. más que a nosotros. De todo lo cual deduzco que todavía tiene V. algo que decirnos, más claro, pedirnos.
—Evidente es, por mí vida, profirió Domingo.
—Ea, sí, repuso el aventurero; todo cuanto sospecha V. es cierto; la cena era un pretexto; no vine sino con el intento de contarles a Vds. la historia que escucharon.
—Gracias a Dios, dijo gozosamente Domingo, a lo menos esto es hablar con franqueza.
—Pero ahora les confieso a Vds. que vacilo; me ha entrado miedo, repuso el aventurero con tristeza.
—¡Miedo V.! ¿y de quién? exclamaron los dos jóvenes llenos de sorpresa.
—Sí, le tengo, respondió don Adolfo, porque esta larga historia toca a su desenlace y este desenlace va a ser terrible. Al venir aquí tenía la intención de solicitar el concurso de Vds.; pero después reflexioné, y al pensar en la juventud, en la dicha y en la indolencia de ustedes, retrocedí ante la idea de envolverles indirectamente en ella, en esta historia terrible, a la cual deben permanecer extraños. Por favor, olviden Vds. cuanto les dije; tómenlo como un relato hecho después de haber bebido.
—No, don Adolfo, exclamó Luis con energía, por mi honor le juro que no sucederá así; y advierto que hablo en nombre mío y en él de Domingo, V. necesita de nosotros; estamos aquí. Ignoro qué interés misterioso tiene V. en ese negocio; ni aun quiero profundizar las causas que le mueven; pero le repito que de prescindir de nosotros en el momento en que va V. a correr un gran peligro que de compartirlo nosotros tal vez pudiera evitarlo, nos demostrará que no siente por Domingo ni por mí afecto ni amistad y que lejos de tenernos por hombres de corazón nos juzga V. muñecos de alfeñique.