—V. exagera, señor conde, profirió don Adolfo; nunca he pensado tal. Lo que hay y vuelvo a repetir, es que envolverles a Vds. en este asunto que para nada les interesa, me hace estremecer.

—Dispense V., arguyó Luis, desde el momento que le interesa a V., también a nosotros; por tanto nos cabe el derecho de inmiscuirnos en él.

El aventurero bajó la cabeza y anudó sus paseos, hasta que transcurridos algunos segundos se detuvo y dijo:

—Está bien, ya que Vds. lo exigen, obraremos de común acuerdo; van Vds. a ayudarme en mi empresa, y espero que triunfaremos.

—¿V. lo espera? pues yo estoy convencido de ello, profirió el conde.

—Entonces partamos, repuso Domingo levantándose.

—Todavía no, dijo el aventurero, pero el momento se acerca; juro a Vds. que no tendrán que aguardar mucho tiempo. Ahora bebamos otro vaso de vino a nuestra salud, y adiós. ¡Ah! se me olvidaba; por si no pudiese venir yo mismo, sepan ustedes que la consigna es ésta: uno y dos hacen tres. ¿Se acordarán Vds.?

—Perfectamente.

—Adiós.

Cinco minutos después el aventurero estaba fuera de la casa.